miércoles, 8 de abril de 2009

El obsequio

En medio de una tarde lenta y poco feliz recibí el obsequio más grande de este mundo a mis veintiséis.

Llegó como angelito para una desventurada de jueves caído, las pastas gruesas como escudo protector, azul como las noches siderales, sus hojas olían a paseo sin fin, a testigo silente, a caricia en la cabeza de un padre ausente, a cuna de letras regalada por otro serafín, a velita encendida debajo del largo manto negro que perdió sus tachuelas brillantes.

Tan especial y virtuoso es este obsequio que hasta sabe cantar. Canta la voz de uno que nació en Zapotlán el Grande, alias "Ciudad Guzmán". Canta eso y canta las voces que el hombre del 18 dio vida sin haber acabado la primaria. También me cuenta las veces que he anotado en mi cuaderno la risa de quien me lo obsequió, foco para una luciérnaga apachurrada que insiste en ser poeta.

El día que lo tomé en mis manos lo agarré como a recién nacido salido de la incubadora: atarantada que me pongo en momentos de emoción y agradecimiento sincero, las gracias que pronuncié sonaron acaso como un sórdido protocolo de quien recibe la sopa fría. Pero es que la fría soy yo. Por fuera, nada más por fuera.

Lo acaricié de inmediato y le dije mentalmente: "Bienvenido seas, ya te tengo un lugar para dormir esta noche". Luego lo eché a mi bolso y lo apreté con las fuerzas de una madre indita que guarda en su lomo a su creación desnutrida, como las canguro que cargan su molote seboso un buen rato hasta que esté apto para caminar. Pero a diferencia de ellos, el mío es más un padre silencioso que un hijo, un angelito que me cuida cuando estoy a punto de llorar.

Llegué a casa y lo mostré a mi madre sin dejar que lo tocara. Él es mi ángel guardián y de nadie más. Por eso no debe conocer otras manos mas que las mías y ya.

Sería mentirosa si digo que lo leí esa noche. Lo coloqué en mi buró de la derecha y lo miré callada durante dos horas. Luego, cuando la luna se puso en la punta del cielo, lo invité a dormir abrazado a mí, como si de una bola de cristal que me predice un universo mejor se tratara. Sus esquinas duras eran las palmas de un buen hombre que me dice que mis males no son para tanto y que no hay por qué desperdiciar las lágrimas si evento que lo importe no hay.

Abrí sus brazos al día siguiente. Confabulario que es, se dedica noche y día a contarme las cosas más extrañas de la voz hecha letras del México moderno.

Soy feliz desde que está conmigo. Llegó a mí de las manos del Maestro que más amo, al que más temo por su grandeza cuando le muestro mis enclenques textos y al que más admiro y respeto por eso mismo y por tantas cosas que su risotada y sus rugidos de león en las aulas da. Tengo un pedacito de su vibra ecléctica, fuerte, sonora, reacia, feliz, sabia y dicharachera.

Sí. Yo los tengo a él y al Maestro Arreola en el mismo espacio, en las mismas pastas, y en el mismo iluminado buró.



Para J. de L. M.
Mi Maestro.

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