lunes, 29 de noviembre de 2010

Epigrama I

Como fruta de Marte vendré a quererte
hijo de la piel de otro tiempo
frecuencia infinita parida
sólo para mí.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Escudo

Siempre habrá una hora
en la que el fuego del guerrero
se vaya a dormir.

Me dijo mi espíritu beligerante
antes de dar la media vuelta.

Me sobrevive la vigilia
en esta noche donde quisiera dejar un momento
de pensar
y latir.

No temo dejar el escudo.

Es el miedo a transformar la liberación del llanto en cárcel.

Los fantasmas de crisantemos sobrevolando
la gaveta de todos los poemas
aún no escritos.

El aroma de mis manos de hielo y mis ojos
una noche de corazón abundante.

Lo que me turba.

Furia

Tengo una furia
que no se exime con cuentos
no se sublima con la eternización de mi efigie
y no se extingue con besos pasajeros.

Algo me debe este mundo.
Lo sé y lo callo.

Así aprendí a sobrevivirme
entre el fango de la estulticia
la insensibilidad
y la falta de amor sagrado.

No quiero íconos
tampoco miel derramándose en vano.

Quiero ver anaqueles de supermercados
en las bocas de los muertos de hambre.

Páginas enteras al amor que nos creó,
cristalinos,

eones atrás.

Tinta derramada
a favor de un beso cierto.

O la muerte.

O mi grito atrapado en una bolsa de papel
que jamás se reciclará
porque lo que es mío
está destinado a seguirme el alma
incluso más allá de mi inexistencia
sobre esta tierra de absurdos
que opacan las maravillas
vistas desde el sol
y los montes renaciendo
cada día

al morir la angustiante noche.

Poiesis

Como cualquier sueño,
el añil también se difumina
en el regazo de lo ausente
y la materia de lo que no fui

porque hay algo mejor que hacer
que una simple fémina
a manos de su propio fuego.

Transmutaré las llamas.
Poiesis, es mi vida.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Mi plegaria es azul

Mi plegaria gris se torna azul ahora:

Sóplame la vida,
dios hijo de Mercurio.

Vuélvete mi fuego,
conquistador de mi reacia luna.

Y yo te haré venir a mí
para que con tu aliento me purifiques y me inundes
por el resto de mi encendida piel y vida.

Amén.

Odisea (I)

Como un regalo sideral
llegó tu manto suave a cobijar mi alma de lija.

Pude atrapar el sonido
de la fragilidad perfumada
aquella noche de cielo repleto
de pétalos blancos.

Yo no te soñé.

Tampoco envié una carta hasta Andrómeda
pidiendo la turgencia de tus dedos
en mi espalda

y eres el puño que entierra mis dolores,
la carne que enciende mis deseos;
el sonido que borra mis silencios
tan pesados
tan clavados
como espinas en los muslos,
los ojos y los labios
otrora enterrados en turbias aguas
antes de ver la luz azul de tu faro liberando mi cuerpo.

Eres el regalo sideral
que la vida trajo a mi puerto.

Si yo perdiera tu poesía
como he perdido todo cuanto quise
aún sin ser mío
sólo por tenerlo corazón adentro,

entonces,
reclamo por adelantado
que este canto de agua bendita
y su torbellino salado
no vuelva a entrometerse en mis sueños.

Que no cante.
Que no respire.
Que no exista.

Como inexistente estaba antes.

Como cuando yo estaba muerta
y la vida era una película vieja
remendada por el ayer.

Ruego entonces y desde un eterno ahora
en el altar ataviado de tus añiles
y la poesía de mis magentas
se construya un largo camino de flores

Para que vuelvas a mí.
Para llegar de rodillas donde se erige tu dios supremo
y rogarle
por el milagro de nuestra fusión extrema.

Cruzar los dedos

Podría sí,
someter mi voluntad
e intentarlo de nuevo
(viajar al sol
asida del azul de tu cielo,
arena libre que ensanchó su litoral
al descubrir mi playa).

Lo mejor que puedo hacer
es cruzar los dedos
y aguardar a que el milagro volcánico
nos suceda
en tiempo espacio indefinidos
sacros
completamente entregados
a la posibilidad de la fusión total.

viernes, 19 de noviembre de 2010

El sonido de la luz (II)

El sonido de la luz
me es anterior
a tu nombre y al dolor que me enclavó en aquel muro olvidado.

Canta en latín las constelaciones,
forma los mapas subterráneos
de todas las cosas no dichas.

Me entregaré a sus notas
antes que perder la cordura no humana
-y para deshojar los tiempos de otros sabios
mientras encuentro el sentido de mi vida-.

Abro mis manos:
quien ejecuta el sonido de la luz
me ha soplado una llama tibia.

Resguardo mis heredades
para no perder nunca
el único hilo conector
de mis huesos con el universo entero.

A una calle

Tómame, calle
vuélame libre con tu aire
excúlpame la mala ortografía de mi vida
perfúmame con la vainilla
de una flor artificial.

Bautízame bajo el neón de tus lámparas

y con el barullo de tus muros de todos los tiempos
-los vistos
los nuevos
los imaginados
los muertos-

trózame la herida
para poder compartirla
con el asfalto índigo
que me seduce
cual cuento chino sin fin.

El sonido de la luz

El sonido de la luz
aparece
cada vez que tiembla la pestaña
de una joven crepitante de amor.

Así fuimos enseñadas
una a una y como en cordón umbilical
las mujeres existentes sobre la faz de este mundo.

Ahora que nada queda
persiste el sonido de la luz.
Lo oigo correr de prisa
en cada molécula de aire tibio
en la soledad de una banca a las ocho
en el tráfico imparable de mi ciudad.

Alguien se ha equivocado:

O la tradición oral rompió su cadena
en alguna Eva sorda
o entonces la luz canta, ajena y sonora
persista el amor o la amargura
se detenga el mundo por la guerra
o caiga envenenado de tanto dulce magenta.

Da lo mismo. Yo lo oigo.

El sonido de la luz
aparece
cada vez que tiembla cualquier pestaña.
Se vuelve madre única
en lapsos de turgencia infinita.
Seca la savia que recorre el ojo.
Canta para llenar los espacios que habita mi nada.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Sentencia (III).

"Eres malo",
sentencia el sable apagado del creador novato.
Estaba en paz
antes de tus palabras.
Capturaba la nada
y la nada era mi alimento.

La meditación es un engaño
el mantra repetido, inservible
los ayunos, tiempo malgastado
cuando se es aprendiz
de cualquier cosa.

Yo también quise adueñarme de la nada.
Descubrí las estrellas y mi voluptuosidad
se volcó en la piel del universo.
Escuché a los astros de noche girar
y de inmediato envidié su música.
Me confesé ante mi Mentor
de haber perdido la humildad
y desear con vehemencia humana
captar el sonido de las cosas
innombrables, rebautizables
en tiempo y espacios no muertos.

Bajé mi cabeza para recibir el castigo
como desertor de la sabiduría:
"niégame la perpetuidad,
mi nombre bórralo de entre la tropa en guerra contra sí misma
pero no me niegues la música
del universo en silencio".

Vuelve cuando lo desees,
me dijo.
La sabiduría no se atrapa,
se seduce.
Debes saber cantar para conocerla despierta.

Fuego y creación. II

Poeta abre sus manos,
les silba un aire tibio y húmedo
y le da un nombre
antes de entregárselo a Aprendiz de Sabio
para que cree un nuevo astro.

Aquél lo desprecia en su humildad incipiente.

¿Cómo podría yo hacerlo?
¿Cómo te atreves tú a practicarlo?

Pero en su corazón un columpio se mece fuerte.
Le dijeron "fuego y creación".
Aprendiz olvidó mesurar la alegría que se asoma siempre
en la primera vez.

¿Cuántos mundos has creado?

Poeta calló:
Escucha la paz del universo.
Ahora, juega con sus notas y haz una canción que gire
eterna
inocente
intensa
total.

Te he dicho "fuego y creación".
Creo en ti la pieza que nos baila
antes de extinguir nuestro pequeño cometa
mientras se exista en esta Casa.

Le han dicho "fuego y creación"
y su interior se olvida del exilio.

Aprendiz mira su cielo de arena,
tan frágil, oh, que nunca,
nunca
se quiebre ni se extinga.

"Viento". Gritó Poeta.

Y el mundo de Aprendiz se disolvió
en la luz de la luna.

Movimientos. I

El aprendiz de sabio espera aprender a no esperar nada.
Cierra su puño cuando la noche se alza:
aspira a captar la nada.
Es entonces cuando el universo le sonríe.
Da una bocanada de luz oscura
se iluminan sus pulmones de cuentos remotos y tiernos.

Pero cuando el milagro ocurre,
hay mirlos que evocan el abrazo de su madre.
La tierra le juega una broma,
humedece su suelo para mostrarse buena y serena.

Ahora, el aprendiz espera no olvidar la inocencia.
Mueve su silueta como dirigido
por una cósmica orquesta.

Mueve sus caderas como jugando a hurtar las pesadillas;
desentierra sus pies y los regala
a la paz del letárgico mundo.
Mueve su alma y expande sus límites
hasta chocar con los límites del poeta.

Vueltas cósmicas

Hacen falta más vueltas cósmicas
para que se haga el regalo de la misericordia del tiempo;
un movimiento de supinación del universo
que sepa devolvernos
la inmensidad de la luz
el recuerdo álbeo
puro
tierno
(inocencia llamando a las ocho de la mañana
a los porvenires sacados de fotografías compuestas).

Para así volver a tener el cinismo
de preguntarle a los viejos
qué se siente morir

en vez de estar dándole largas
a la muchedumbre que se acomoda en las neuronas
a cuyo paso pesado
se marca un segundo más alrededor de los ojos
este desencantado encuentro con el mundo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Palabra/Espacio

En el espacio que brota
con el sonido del silencio
estás tú y está mi nombre.

Están todas las palabras
capaces de ser dichas
[la palabra vuela, flota y se dispersa
como un dios pequeño oriental de porcelana rosa
frágil al tacto.
El cuerpo hace estallar
los cristales preciosos
de la palabra:
al cuerpo le llegan palabras viciadas por hábito,
la palabra que flota está en otra parte de la ionósfera].

La palabra irrumpe.
El cuerpo intenta oprimirla.

Está en la boca:
nace un nuevo dios,
sonido adentro.

Ése que obliga a aceptar
que algo ha muerto al espacio
entre cuatro nocturnas manos.

A anhelo y semejanza

La tristeza es primigenia
dentro de la voz residente
[en este canto.
Podré no recordar la causa
primera
de tan encuentro total.

Más, tridimensional y cierta,
ella me palpita
con el sol más brillante del otoño;
con el olor de aquella fábrica asesina
llena de químicos sin amor volátiles;
con la lluvia de estrellas
[que no vendrá
y cada poeta insiste en invocarla
la describe
la suda
la espera
a anhelo y semejanza.

Shining.

Que brille la luz por siempre
y más ahora
en que andamos cada quien
[por su lado
esperando reflejos añiles en el espacio restante,
ahogando las imágenes invasoras de noviembre,
aumentando la fe en aquello que aún sirve
[la nostalgia, por ejemplo].

jueves, 4 de noviembre de 2010

La mentira

Cuando una mentira nos sofoque el alma
tanto
como para cubrirnos el uno al otro
la luz del claro de luna,

Entonces
estaremos en el camino
para escindir con nuestros dedos
la cicatriz primigenia que nos dio la vida.

Aquello
que en su beso como de llaga abierta,
tiempo atrás de nuestro arribo
aún nos calla.

martes, 2 de noviembre de 2010

El sonido de la perfección. IV (Crisantemos).

Yo tuve hambre y me dieron crisantemos.
Tuve sed y tomé su jugo en el desierto con espinas de opiniones y omisiones vivas.
Tuve miedo y su blancura tapó mis ojos.
Sentí la nada y su blancura magnificó la ausencia.
Tropecé y su tersura se burló de mi raspada piel.
Tuve frío y sus pétalos cubrieron mis piernas.
Bajé mi cabeza y coronaron mi derrota.

Como nieve prematura
la piel de aquellas flores congelaron mi carne.

Notas delgadas al pie de sus corolas
dejan postdatas escritas
por el sonido de la perfección.

Él viaja en un símbolo azul
en el cielo no escrito.
La fragilidad de la flor que derrota mi ego
acompaña las vocales de mi nombre.

Me volveré a dormir,
regresaré toda pertenencia al cosmos
con tal de hacer mío un segundo
el sonido de la perfección
y escribirlo humildemente
en el espacio inicialmente dedicado
a este poema.

El sonido de la perfección. III (El templo).

El eco
del aleteo de aquella mariposa escapando de mi ciudad
ha quebrado el cristal de la copa
donde guarecía mi cuerpo del aguacero del mundo.

Se ha roto la perfección de lo cóncavo y lo convexo.
Solía platicar con alguien llamado dios dentro de aquel espacio
en mi infancia.

El sonido de la perfección
era mi templo.
Entraba en él y la soledad ya no era punzante.

Durante años pude oírlo pasar dentro de mí
del mismo modo en que sus puertas
se abrían a mis ojos despiertos
en el azul del polo abandonado.

Aún hay noches en las que sus vestidos
acurrucan sus pliegues en mi mente no serena.
Mantengo la vigilia,
las estrellas escapan y se duermen.

No lo atrapan la jaula del insomnio
ni la fragilidad de mis oídos al viento nocturno,
al sonido de la perfección que resta
de aquella copa de cristal donde conversaba con dios.

Alguna vez quise hacer lo que él.
Dispuse las letras en papeles gastados a modo de estrellas:
olvidé la posición de las constelaciones.

Desistí de mi empeño;
descubrí que también tenía hambre.

El sonido de la perfección. II (Un papel).

Un papel se atraviesa entre mis pies.
¿A dónde habrán ido sus letras?
Pienso.

Alguien las habrá lavado con agua purificada
salida de un envase reciclable
en mi lugar
y sin el consentimiento de mi inconsciente no colectivo.

No me detengo a averiguarlo.
El papel copula con mi zapato.

La hipótesis es una idea en silencio
que a nadie le atañe ni le preocupa en este siglo.
Yo únicamente veo un papel amoratado
de líneas inertes
acariciando mi tobillo.

Lo digo y sé que hay un silencio falso.

Todos duermen
mientras hago el trabajo de alguien más
por no tener horario ni beneficio en este mundo.

Un papel se atraviesa entre mis minutos.
Le pregunto qué es lo que busca buscándome.

Él me pidió que volviera a interpretar
el sonido de la perfección que aún me taladra
por dentro.

El sonido de la perfección. I

Dormida en una eternidad de cinco horas
pensaba
al sonido de la perfección atraparía
con la espada azul de pétalos
incrustada en cada uno de sus dedos.

Pero su piel sólo abandonó el calor del sol.
Era nieve anticipada
la espesura de su aura marchita.

Salió así
del primer sueño,
los pétalos de eliodoras blancas y azules
en la boca.

Un grito amable y azul
completamente polar
se instaló en su cama de noviembre.