miércoles, 17 de febrero de 2010

Duendes

Me dicen que les ilumino el día,
me abrazan,
juegan conmigo a hacerme enojar;
juego, me cuentan chistes,
lo que hicieron en su "finde",
sus penas de amor -con mi consecuente ¡oh,
pero si la vida es tan bella a tu edad!-...

se juntan a embellecer sus nítidos rostros
(todavía llevan en sus caras
el rastro del ángel que fueron).
Sus manos crecen, se alargan,
toman mi bufanda,
juegan a ser árabes con ella.

Son como duendes:
me pierden los marcadores, las respuestas
que curiosamente ellos sí hallan en el techo
y me enseñan la lógica de la vida actual
a pesar del rictus de dolor
por ser arrancados de su fuero interno infantil.

Y yo los amo
les tomo una fotografía con mi memoria
y me pregunto por qué ha de ser así,
por qué he de ser su madre temporal
y quedarme con el corazón achicado
al terminar el curso.

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