domingo, 24 de abril de 2011

Reconocimiento de la infamia

Siento una vergüenza enorme
tan diáfana, tan nítida,
impecable al tacto,
de haber escrito todas estas letras.

Suspendida ante mi infamia
oigo el latido de mi corazón
cada vez más pequeño de tristeza:
la mujer es la loba del hombre,
creo.

Sólamente espero ser perdonada
por esa voz pura, ajena al bien y al mal,
llamada poesía,
encarnada en sus dedos.

Sujetaré mi alma
al perdón de sus pasos.
Y no volveré a tocar jamás
lo que es intachable y bendito.

Supeditaré mi sueño
al arbitrio
de aquel día memorable.

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