sábado, 16 de abril de 2011

Himno

Porque me sé inmerecedora de su puro,
sabio corazón,
señor poeta,
me resigno a escribir planas
creyendo que es poesía
y diluyo mi alma en el infatigable cuestionamiento
a mi propio dios
de si algún día, en otro universo,
mis ojos han de poder vaciarse en los suyos.

No lamentaré mi suerte, conozco al tiempo.
Me ha ganado otra vez el honor de la felicidad.

Entregaré mi corazón a plazos
en trozos muy pequeños, cristalinos,
a ese lugar divino: la Nada.
Paradisiaco lugar por su mano restituido
por su lengua sus puertas abiertas
por su alma sus frutos mostrables.

Y no daré parte a nadie
ni escribiré letra alguna.
Será mi regalo más puro,
entre toda la oscuridad que me habita
tras el rencor del desencanto.
Y será en honor suyo,
maestro, hombre de paz silente.

Porque me sé inmerecedora de su puro
noble, luminoso corazón,
señor poeta,
le agradeceré, humilde, a partir de hoy y cada día
su existencia
cantándole con este silencio infinito que se enclava
en los himnos más honestos
de mi otra vez aluzado,
pero impuro corazón.

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