lunes, 27 de octubre de 2014

Tres palabras, noventa y cuatro
sobre las sombras se impone
el beso de dios entre los amantes.

Tú que has renacido para ser oro y niño
tú que has embestido amorosamente
la herida de tu hembra que te ama

Ven a conocer la turgencia de la madrugada
alimentos de sol por la mañana
extraídos de la fe mántrica de un sueño
que volverá a decir su nombre
pues es la esencia de tu amada.

Ven a susurrar en el mismo árbol
las ciudades pequeñas de tus manos
tus milagros tus zapatos vendidos al cielo,

ven a domar su cabello de tierra necia
a tomar la paz que gira su cuerpo moreno.

En los caudillos del viento
encontramos el silencio
no nos dijo nada, no nos entregó nada
bebió nuestro beso
y partió su boca para entregar
la luz de dios grabada con nuestro único nombre.

Al amarse, Amor mío,
la indivisible manía de ser
se nutre y se amalgama.
Al amarse, Amor mío,
la unicidad remite a dios
una carta de buenaventura.


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