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viernes, 28 de octubre de 2011

Dolor

El dolor se levanta,
dispersa su perfume.
Se aleja en un grito
su escarceo primitivo con la dermis.
Abraza el perímetro del eco

Y no vuelve jamás.

No, si no lo volvemos memoria.
No, si exorcizamos su presencia
con los tambores que legitiman la sangre
adentro, muy adentro
hasta eslabonar el nombre verdadero de Dios.

Dijo mi padre en el escalofrío
que abrazó mi cena,
minutos antes de su imposible cumpleaños.
Lo suyo ya es la risa sin fin.



Para Miguel. Por sus supuestos 64
y su eternidad ganada a pulso de ausencias.