Tres palabras, noventa y cuatro
sobre las sombras se impone
el beso de dios entre los amantes.
Tú que has renacido para ser oro y niño
tú que has embestido amorosamente
la herida de tu hembra que te ama
Ven a conocer la turgencia de la madrugada
alimentos de sol por la mañana
extraídos de la fe mántrica de un sueño
que volverá a decir su nombre
pues es la esencia de tu amada.
Ven a susurrar en el mismo árbol
las ciudades pequeñas de tus manos
tus milagros tus zapatos vendidos al cielo,
ven a domar su cabello de tierra necia
a tomar la paz que gira su cuerpo moreno.
En los caudillos del viento
encontramos el silencio
no nos dijo nada, no nos entregó nada
bebió nuestro beso
y partió su boca para entregar
la luz de dios grabada con nuestro único nombre.
Al amarse, Amor mío,
la indivisible manía de ser
se nutre y se amalgama.
Al amarse, Amor mío,
la unicidad remite a dios
una carta de buenaventura.
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lunes, 27 de octubre de 2014
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