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viernes, 11 de febrero de 2011

Locomotora

Los pasos que crujen
y crujen
y crujen.

Una locomotora en las plantas de los pies,
un silbido débil muy adentro de las entrañas.

Es la historia que se va,
el labial desnudándose el color
en la maravilla del olvido.

Es la ira de los árboles-mujeres
o tal vez el llanto de los gusanos
lo que se pega en las manos,
sale por los ojos
y se incrusta en los oídos.

Óyelos.

No necesitas oírlos.
Han estado ahí desde siempre,
piedra-muro al fondo,
matria sempiterna de lo hostil.

Ahuyéntalos.

De nada te sirve.
Ellos te crecen las uñas;
con ellas te rascas el atavismo de tu verdadero nombre.

Inmólalos a tu propio yo.

Repósalos en hileras de neuronas sin luz,
ordénales que arriben al corazón de tus ojos.
Sólo así se logra la sublimación de lo inevitable.


Sólo así podrás entender
que a la velocidad del tiempo
ni las súplicas en labios malva.

Sólo así abrazarás
la huída del tiempo por el tiempo mismo.

martes, 7 de septiembre de 2010

Ya no te sueño

No pregunto ya por qué nuestro todo se ha ido.
Se trata de no extrañar, de mentir la alegría
mientras se pisan los cardos
los pies desnudos,
la dignidad marchita.
Este orgullo febril que siempre pierde al arder
y no sucumbe porque ya está muerto.

Algunas veces me pregunto
qué habría sido de nosotros un día cualquiera,
caminar las plazas de los pueblos con hambre de nuestro sueño empedrado,
besar el suelo a la fuerza
y después irnos a la cama.

Sólo un páramo se me dibuja en la cabeza.

Ya no te sueño,
es cierto.
Y si lo hago, me meto a bañar para lavarme las impurezas.
Tú no resucitaste al tercer día
tras la caída de esta hoja con cantos del marrakesh insertos.

Eso también lo es.
(A lo mejor fue eso).

En fin, que no se cuenta mucho desde lo magro.

Pero no estamos ya para varianzas
y la moda es estar cada quién por su lado:
mi piel ahora arremete y conoce al cien por ciento
el sabor de la libertad
y es verdad que no sabe a tus cenizas:
mi mente ahora capta lo que no fue la felicidad
y desecha los momentos luminosos imaginarios
mientras me atraganto de plúmbagos de olvido.

Los demás días el sabor a la novedad es una esperanza
al postmodernismo personificado
en las calles de mi ciudad cansada de mí misma;
la gallardía de los que no son como tú
y me llaman Su Majestad,
pese a que mi reino es una leve locura.

viernes, 20 de agosto de 2010

Coordenada 30-30

Hay una cuerda desgastándose en las inmediaciones de un cuello
que no fue
no asido desde el núcleo del útero que lo soporta
-no inventes, inocencia flamígera, coordenada 30-30-.

Desgarra a este viento,
le roba su dentadura
(marfil de fin de semana
acostumbrado a morir entre llantas lloronas).

La clava muy adentro
de ese agujero hecho con lápiz
sempiternidad de un barco feliz.

Adónde voy yo,
no he oído de aquellas olas que solían enmarcar mi nombre.

Marco el terreno de lo ingrato:
si dios fuera un chofer de la 13B,
yo tendía las tetas más grandes que Marilyn Monroe.

sábado, 3 de julio de 2010

Once

Sacudiste la ciruela que por ti
en mí habitaba en dulce onirismo libertario:
lo permití porque soy suicida y amo al mundo.

Era en un once y nadie pareció advertirlo.

Desgajaste el mazapán de mi playa con tus dos manos,
yo te dije que tomarlo así era una blasfemia.
Temblaste de hastío, ¡oh, tú, temerario brutal!
Para ti un sismo es cosa de jugar al yoyo.

En undécima letanía te mueves, hola, te dice el absurdo.

Zarpaste en un bulto de arena y lodo,
viajaste en la marea dando vueltas en otro hemisferio
-largo, dúctil, dulzón, ensimismado-
dándole un nuevo sentido a un fragmento de la omnia:

Menos once, la cruz movió su eje.

Hurdiste una tela para no tomarme nunca
en ella reposo mientras deshago la historia.
Desmenuzo un huracán que desde mi boca anda corroyéndome el techo.

Olvidaste un argumento aritmético:
No será un once lo que pueda desescribirnos.

Navegas, marinerito ignoto, donde los bienamados de Hades;
su mar se agota ya en mi frente.
Lo siento
lo espero
lo guardo
lo magnifico
lo agradezco.
Te he conseguido el lugar más majestuoso
para tus majestuosos días de no existir.

Déjame tu lienzo ajado en señal de paz
y desfigura la sombra que me hará mella en las pantorrillas
días y noches, pasadas ya todas.

Quieras o no,
estarás como partido desde ayer:
Los demás números aún me pertenecen.
Yo soy la reina que deshace el tiempo.