Oh, mujer,
que crees que la libertad
proviene del carmesí de tu labial,
ojalá que algo más supremo que tu sombra
te proteja a la hora de la revelación:
La ciudad que creaste desde ti y para todos tus reflejos
es una nube desapareciendo
en la oscuridad de la noche.
Está sitiada. Muñequitos de cristal custodian sus muros.
[Porque te erigiste en una torre
creyendo ser princesa].
De agrio merengue son sus paredes.
Muérdete los labios mientras disciernes
lo iluso de la ilusión.
Mientras, te sigo contando
que veré tu ritual desde mi ventana roja.
Grabaré en mis ojos el negro de tus ojos saliéndose por los párpados.
Presenciaré cuando vistas de metal
esa ansia tuya
por controlar la imagen colectiva
que te conoce desde que naciste
[y te verá morir también].
Escupiré en ella por ti
como huyendo de este destino acromático
[y sabiendo por adelantado que no podré].
Maldeciré
tu terquedad
y mi mala suerte
hasta quedarme dormida y despertarme anciana.
¿Por qué creíste,
diva sin nombre,
que eran todos estos días el tiempo de la resurrección?
¿No te bastó saber
que has sido para muchos una vil costilla?
Acaso el culpable fue tu ego
que es más fuerte que tú
y más débil que aquello
invisible,
invencible,
intocable,
pero que nos mira y nos dirige,
marioneta curvilínea de acento dulce.
Oh, mujer,
que crees que la libertad
provenía del carmesí de tu labial,
ojalá que algo más supremo que tu yo chiquito
guarde memoria de lo que un día no fue.
domingo, 13 de febrero de 2011
viernes, 11 de febrero de 2011
Locomotora
Los pasos que crujen
y crujen
y crujen.
Una locomotora en las plantas de los pies,
un silbido débil muy adentro de las entrañas.
Es la historia que se va,
el labial desnudándose el color
en la maravilla del olvido.
Es la ira de los árboles-mujeres
o tal vez el llanto de los gusanos
lo que se pega en las manos,
sale por los ojos
y se incrusta en los oídos.
Óyelos.
No necesitas oírlos.
Han estado ahí desde siempre,
piedra-muro al fondo,
matria sempiterna de lo hostil.
Ahuyéntalos.
De nada te sirve.
Ellos te crecen las uñas;
con ellas te rascas el atavismo de tu verdadero nombre.
Inmólalos a tu propio yo.
Repósalos en hileras de neuronas sin luz,
ordénales que arriben al corazón de tus ojos.
Sólo así se logra la sublimación de lo inevitable.
Sólo así podrás entender
que a la velocidad del tiempo
ni las súplicas en labios malva.
Sólo así abrazarás
la huída del tiempo por el tiempo mismo.
y crujen
y crujen.
Una locomotora en las plantas de los pies,
un silbido débil muy adentro de las entrañas.
Es la historia que se va,
el labial desnudándose el color
en la maravilla del olvido.
Es la ira de los árboles-mujeres
o tal vez el llanto de los gusanos
lo que se pega en las manos,
sale por los ojos
y se incrusta en los oídos.
Óyelos.
No necesitas oírlos.
Han estado ahí desde siempre,
piedra-muro al fondo,
matria sempiterna de lo hostil.
Ahuyéntalos.
De nada te sirve.
Ellos te crecen las uñas;
con ellas te rascas el atavismo de tu verdadero nombre.
Inmólalos a tu propio yo.
Repósalos en hileras de neuronas sin luz,
ordénales que arriben al corazón de tus ojos.
Sólo así se logra la sublimación de lo inevitable.
Sólo así podrás entender
que a la velocidad del tiempo
ni las súplicas en labios malva.
Sólo así abrazarás
la huída del tiempo por el tiempo mismo.
martes, 8 de febrero de 2011
Milagros
Justo cuando hay escombro,
mamá,
me das milagros varios.
Por mencionarte algún ejemplo,
aunque ya los sabes
porque vienen de tus entrañas,
te nombraré algunos:
Milagro sónico, tu silbido infalible en la mañana.
Milagro poético, el amarillo mango de tu beso.
Milagro de tiempo, la ventana de luz que asoma
tu nuevo estatus sexagenario:
tú siempre brillas, estrella.
Pero de todos los milagros que haces, mujer morena,
el más fastuoso
es la sinfonía de tu nombre.
mamá,
me das milagros varios.
Por mencionarte algún ejemplo,
aunque ya los sabes
porque vienen de tus entrañas,
te nombraré algunos:
Milagro sónico, tu silbido infalible en la mañana.
Milagro poético, el amarillo mango de tu beso.
Milagro de tiempo, la ventana de luz que asoma
tu nuevo estatus sexagenario:
tú siempre brillas, estrella.
Pero de todos los milagros que haces, mujer morena,
el más fastuoso
es la sinfonía de tu nombre.
Para Margarita,
en la víspera de su cumple.
en la víspera de su cumple.
domingo, 6 de febrero de 2011
Stabat Mater v. 2
AMOR
(aunque me castigue de nuevo el universo):
Me dueles tanto,
Me aúllas la sangre tan dentro,
Que en todos estos años
nunca he podido parir
los versos más perfectos
ante el desencanto que me vino con la noche.
Donde hubo destrucción
no puede haber poesía.
(aunque me castigue de nuevo el universo):
Me dueles tanto,
Me aúllas la sangre tan dentro,
Que en todos estos años
nunca he podido parir
los versos más perfectos
ante el desencanto que me vino con la noche.
Donde hubo destrucción
no puede haber poesía.
Stabat Mater
No quiero Stabat Mater en mi cama
ni en el escapulario de la madrugada
ni en el rosario de nubes amaneciendo
sin tí.
Quiero que regreses los tiempos
y destruyas estos blancos páramos viejos
donde loca me vuelvo
dialogando con mi hermosura,
buscándola más allá del espejo.
Como cuando era veinte y dulzura
y eras carne prometida,
un alma de papel sólo para mí.
No quiero Stabat Mater ni ir a donde canta ella.
¿Para qué?, si me diste mi propia aria completa:
yo canto día y noche la canción del desasosiego,
en un lago de la nada me detengo a ver mi reflejo
y hago tretas con el tiempo
para ver si puedo salir más pronto de aquí,
A un lugar donde tú nunca hayas existido
a una parte donde yo jamás te haya conocido
a un mundo donde, insensible,
jamás haya pronunciado AMOR
porque tal pareciera que ofendí al universo.
No quiero Stabat Mater en mi correo
ni en mi pared lila
ni en mi auto
ni en las cosas absurdas que veo.
Quiero un vuelo sin regreso y sin paracaídas.
Exijo mi infancia dolorida
exijo mi útero aprehensivo
exijo un destino donde pueda respirar
porque no pude hacerlo contigo
y no puedo hacerlo sin tí.
ni en el escapulario de la madrugada
ni en el rosario de nubes amaneciendo
sin tí.
Quiero que regreses los tiempos
y destruyas estos blancos páramos viejos
donde loca me vuelvo
dialogando con mi hermosura,
buscándola más allá del espejo.
Como cuando era veinte y dulzura
y eras carne prometida,
un alma de papel sólo para mí.
No quiero Stabat Mater ni ir a donde canta ella.
¿Para qué?, si me diste mi propia aria completa:
yo canto día y noche la canción del desasosiego,
en un lago de la nada me detengo a ver mi reflejo
y hago tretas con el tiempo
para ver si puedo salir más pronto de aquí,
A un lugar donde tú nunca hayas existido
a una parte donde yo jamás te haya conocido
a un mundo donde, insensible,
jamás haya pronunciado AMOR
porque tal pareciera que ofendí al universo.
No quiero Stabat Mater en mi correo
ni en mi pared lila
ni en mi auto
ni en las cosas absurdas que veo.
Quiero un vuelo sin regreso y sin paracaídas.
Exijo mi infancia dolorida
exijo mi útero aprehensivo
exijo un destino donde pueda respirar
porque no pude hacerlo contigo
y no puedo hacerlo sin tí.
viernes, 4 de febrero de 2011
A un lector
Amado lector,
tú que estás vivo
y podrás entender
el sonido de los planetas que yo no ví.
Dime que la paz
al fin halló su fórmula exacta
y es distribuída entre los hombres
en porciones iguales.
Cuéntame la nueva
de que el amor
-esa sustancia que todo lo puede y transforma-
ya no es un tabú entre los mortales.
Miénteme otro poco y dime
que el sol ahora habla por la sangre
de los fundadores
de no sé qué aldea con reminiscencias hippies
-no entenderás esto porque los libros y la historia
a ciegos de corazón y a los tontos
de fuego una noche muy oscura sirvió-
y no por las naves que abandonamos tus ancestros
antes de nuestra alma
en la nada albegar.
Platícame una palabra luminosa,
házmela llegar por telepatía.
Amado lector,
tú que estás vivo y eres inmune al dolor,
no leas la doliente poesía.
Antes, pínchate un ojo
y por haber malgastado tus segundos pide perdón.
No mires atrás
ni escarbes en el escombro.
Estos signos que ves caer y nadar
son como de hierro.
En realidad no dicen nada.
Amado lector,
regálame una esfera de tu luz,
ahora que en decibeles inaudibles por tu materia
mi voz viaja.
tú que estás vivo
y podrás entender
el sonido de los planetas que yo no ví.
Dime que la paz
al fin halló su fórmula exacta
y es distribuída entre los hombres
en porciones iguales.
Cuéntame la nueva
de que el amor
-esa sustancia que todo lo puede y transforma-
ya no es un tabú entre los mortales.
Miénteme otro poco y dime
que el sol ahora habla por la sangre
de los fundadores
de no sé qué aldea con reminiscencias hippies
-no entenderás esto porque los libros y la historia
a ciegos de corazón y a los tontos
de fuego una noche muy oscura sirvió-
y no por las naves que abandonamos tus ancestros
antes de nuestra alma
en la nada albegar.
Platícame una palabra luminosa,
házmela llegar por telepatía.
Amado lector,
tú que estás vivo y eres inmune al dolor,
no leas la doliente poesía.
Antes, pínchate un ojo
y por haber malgastado tus segundos pide perdón.
No mires atrás
ni escarbes en el escombro.
Estos signos que ves caer y nadar
son como de hierro.
En realidad no dicen nada.
Amado lector,
regálame una esfera de tu luz,
ahora que en decibeles inaudibles por tu materia
mi voz viaja.
Congelamiento I
Y ahora,
cuando al todo le da
por el todo congelar,
limpio de mi piel los residuos de la nada
para poder ser digna de pedirle algo inmenso
a esta fuerza congeladora:
Que me traiga la noche más feliz de mi vida
y pueda hablar con ella...
cuando al todo le da
por el todo congelar,
limpio de mi piel los residuos de la nada
para poder ser digna de pedirle algo inmenso
a esta fuerza congeladora:
Que me traiga la noche más feliz de mi vida
y pueda hablar con ella...
miércoles, 2 de febrero de 2011
Pequeña canción de cuna de una insomne para otro insomne
Y cuando más te duela
la línea que escinde la palma
de aquella mano tuya pegada al corazón,
llamaré a Sensualidad para que te dé un remedio de luna;
le daré mi boca para que pierdas la razón.
la línea que escinde la palma
de aquella mano tuya pegada al corazón,
llamaré a Sensualidad para que te dé un remedio de luna;
le daré mi boca para que pierdas la razón.
martes, 1 de febrero de 2011
Playa Ósculo
Imprégnense los muros
de un polvo como sombra tras el grito
emergiendo su faz entre laburos
corruptos, de cierto cariz fortuito:
otredad, archipiélago gratuito.
[Playa Ósculo, lugar que necesito].
de un polvo como sombra tras el grito
emergiendo su faz entre laburos
corruptos, de cierto cariz fortuito:
otredad, archipiélago gratuito.
[Playa Ósculo, lugar que necesito].
domingo, 30 de enero de 2011
Nueve
I
Quién en contra del viento,
hombre.
Quién contra las alas
de un canto que no sueña más.
Qué ha sido del azul
y de la tersura de aquella bóveda,
tu domicilio ignoto,
el mar que al final quedó en tu cabeza
ahora puesto a tus pies.
Quién como Dios.
Ése era tu nombre.
Qué de los avioncitos de papel
que nunca vi
porque nunca fuiste niño mientras te conocí vivo.
Dónde los recuerdos de tus manos pequeñas.
Eras pelirrojo. Naciste con un pie torcido.
Erraste el camino
-igual que tu padre y el padre de éste
y la historia que se corta
y reposa
junto al cordón umbilical de todas las madres juntas
patriarcas todas
de tu pasado triste.
Me lo ha dicho mi madre,
lo supe de nacencia o lo quiero revivir en tu lugar.
La memoria de tu boca siempre fue como un sepulcro.
El que no tuviste:
ya puedes volar por los aires.
II
Tu padre y mi padre
que eres tú mismo
caminaban por la calle central
de la ciudad que menos quisiste
y donde no viniste a morir.
Una foto en blanco y negro
es lo que dejaste diez días
después de tu muerte.
No fue el elote con chile
ni los juguetes que juntos sumaron
las semanas de tu ausencia.
No.
Un fotorama sin color.
Así te encontré vagando
diez días después de tu muerte.
Yo supuse que quisiste reconstruir en sepia
los días más sacros
de tu existencia.
Blanco y negro te dieron nada más.
III
Caminaste en blanco y negro
para no hablar conmigo.
Solo, perdido entre autos viejos
y calles desiertas,
te vi caminando con la congoja
de la soledad.
[Tu demonio más aguerrido,
ése que con mezcal
aplacaste para que no te viera sufrir la ansiedad
una noche tierna de abril en tu ciudad
que siempre fue tu casa].
Decidí caminar contigo
para que no sintieras que ya estabas muerto.
Dime, ¿adónde traías el rostro de mi madre,
muerto errante?
¿Adónde las canciones que sé le cantaste
y se fueron por ti,
junto con su aliento?
IV
Blanco (1).
Blanco.
Así adjetivé tu tez en mi infancia.
Pero lo ajado de la muerte
se te vino encima
el día de tu funeral.
El gris oxford de mi graduación
era el mismo de tu último ajuar.
Y te veías tan distinto...
Blanco (2).
¡Mira la nube, papá!
Yo columpiada por ti
sentía que podría llegar muy lejos.
Mala suerte en mi virtud de fémina congruente:
legaste toda tu belleza
y la hermosura de mi madre
a la primera hija
que el amor ideal les dio.
Yo fui la cuarta.
Yo recogí los trozos
de una suprainteligencia
que los desgarraba de su mundo idílico
para siempre.
Blanco (3).
Brillabas.
No dijiste nada.
Como la estrella muerta de un poeta que no cree en dios.
El rostro me duele.
Báñame con tu luz de muerto,
anima mi soledad con la tuya.
Y no hablemos del amor,
que para eso no necesitas dejar de existir.
V
Negro (1).
Nunca conocí tu pelo escaso en espiral
cuando estaba más cercano al negro
que al blanco de tus días finales.
Astro abandonado siempre
a la voluptuosidad de Venus
hacías de otros ojos
más pequeños
-como los míos;
más curiosos
-como los míos,
eternos asteroides buscando luz propia.
Le dí la vuelta alrededor de tu sentido del humor.
Me quemé con tu sarcasmo.
Mi brazo izquierdo quedó marcado para siempre.
Negro (2).
Nadie te vio bajar en la profundidad de la tierra.
Tu madre te abandonó.
Abandónate, hijo, en el perdón,
clamó ella el día de tu muerte.
Tú elegiste el viento.
Zacatecas se nubla cada treinta de enero.
¿Adónde fue tu huella, hombre?
Yo guardo mi porción del armazón de tus lentes
en los míos.
Y en las cubas libres y los golpes al cigarro,
en las colillas
y en ese desenfado a todo lo que indique
un compromiso casi nupcial.
¿Adónde fue tu huella, hombre?
Acaso se adentró
en la espesura de la cortina negra
incrustada en la frente de mi madre
y por eso te sueña, intranquila,
en la profundidad de la noche.
Nadie te vio bajar a la tierra.
No era de suponerse que bajaras:
toda tu vida fue un constante girar y girar.
Te veo a ti al tocar tus acetatos.
Negro (3).
Ignoro si los libros de literatura rusa
fueron adquiridos
en tu juventud ambivalente
para mi nombre futuro.
Intocable e inasible
es el patrimonio legado para mis días maduros.
Igual que el apellido de tu padre
que también es el mío,
o como ese cansancio exquisito
a la vuelta de tu esquina recurrida.
Entre tú y yo no hubo puente,
tanto amor y no pudimos construir
un camino.
Una nota musical
es lo que más nos acerca.
La tecla negra del piano distante
ahogado en las entrañas de un mar con útero seco.
Negro (4)
No quiero pensarte
en el exilio de la noche.
Me aferro a que partiste
con la luz de las tres de la tarde
-dramático hombre,
siempre emulando a otras deidades humanas-.
Ahí, en la luz de aquella estrella diosa y muerta
seguramente estarás brindando.
Bohemio contable.
Te sigues robando la luz de Alguien
para dársela a los tristes.
Tus enemigos nunca perdonarán
el heroico acto
de la repartición de la luz terrestre
(mientras pudiste hacerlo).
VI
Cuéntame, muchacho,
qué esperarías de la vida.
Puedo construirte
un universo paralelo
donde juegues con mamá
y dejes de llamarla en silencio
simplemente Sarah.
Puedo vender mis pertenencias
-aire, inteligencia, la autocrítica que te exaspera-
para darte una casita
donde corras hasta liberar el rencor
que agarraste de tu primera matria,
Tan frágil eras,
tan frágil me llamabas,
tan frágil te veías asiéndome la mano al pasear.
Fragilidad empacada en todas las cajas
que desde niña fui recolectando mientras seguí tu sombra.
Hemos sido tantos nombres,
que yo quiero jugar otro intento
y así regalarte otra vida
por la mitad que a mí me toca.
Dime, niño mío,
qué esperarías de la vida.
Yo por ti
y por la morena que desnudó tu frente
soy capaz de borrar calles enteras
trazar ciudades
o tragarme al mundo
que te rompió la virtud.
VII
Rompe tu cajita de viento, niño.
Mira cómo emerge la escalera del viejo Dante.
Corre en la escalera de tus ojos delante.
Corre en la escalera de tus ojos.
Corre en la escalera.
Corre, niño.
Dulces como alforjas llueven.
Recógelas.
Cómelas.
Guárdalas.
Herédamelas todas.
VIII
-No tengo luz.
-Yo abriré los ojos por ti, padre.
Sesgaré la sinuosidad
para que el miedo no te tumbe,
blanco.
-No tengo nombre.
-Yo inventaré uno para ti, niño.
Lo colocaré en la punta del cielo más visible
donde no lo puedas volver a perder.
-No tengo forma.
-La emitiremos juntos
con cada canción
que elijas que yo te cante.
-No tengo voz...
-Entonces, yo cantaré en tu lugar.
IX
-No tengo oración.
-Yo tampoco la tengo, padre.
Por eso te he escrito todo esto.
Para que descanses en paz
y te lleves las nueve flechas de tu ausencia
en el bolso que transforma
la amargura en luz.
-No tengo dios.
-Dios es tantas cosas
pero eso es para cuestionarse en la tierra.
Déjame que yo me preocupe por tí.
Y camina por la vereda de flores ocultas en la noche.
Camina por el lado del sol que nunca duerme.
Camina en la bondad de la fuente de la luz suprema
y no le cuestiones por qué te hizo
ni le digas que yo existo.
Camina en ti y renace
en otra estrella cualquiera.
Cuando te canses de caminar
habrás llegado al punto de la nada.
Ahí descansa y juega.
Ahí sonríe y ya no temas.
Sábete que tienes una cita conmigo.
Llegaré en domingo
dentro de unos cuantos millones de años luz.
Quién en contra del viento,
hombre.
Quién contra las alas
de un canto que no sueña más.
Qué ha sido del azul
y de la tersura de aquella bóveda,
tu domicilio ignoto,
el mar que al final quedó en tu cabeza
ahora puesto a tus pies.
Quién como Dios.
Ése era tu nombre.
Qué de los avioncitos de papel
que nunca vi
porque nunca fuiste niño mientras te conocí vivo.
Dónde los recuerdos de tus manos pequeñas.
Eras pelirrojo. Naciste con un pie torcido.
Erraste el camino
-igual que tu padre y el padre de éste
y la historia que se corta
y reposa
junto al cordón umbilical de todas las madres juntas
patriarcas todas
de tu pasado triste.
Me lo ha dicho mi madre,
lo supe de nacencia o lo quiero revivir en tu lugar.
La memoria de tu boca siempre fue como un sepulcro.
El que no tuviste:
ya puedes volar por los aires.
II
Tu padre y mi padre
que eres tú mismo
caminaban por la calle central
de la ciudad que menos quisiste
y donde no viniste a morir.
Una foto en blanco y negro
es lo que dejaste diez días
después de tu muerte.
No fue el elote con chile
ni los juguetes que juntos sumaron
las semanas de tu ausencia.
No.
Un fotorama sin color.
Así te encontré vagando
diez días después de tu muerte.
Yo supuse que quisiste reconstruir en sepia
los días más sacros
de tu existencia.
Blanco y negro te dieron nada más.
III
Caminaste en blanco y negro
para no hablar conmigo.
Solo, perdido entre autos viejos
y calles desiertas,
te vi caminando con la congoja
de la soledad.
[Tu demonio más aguerrido,
ése que con mezcal
aplacaste para que no te viera sufrir la ansiedad
una noche tierna de abril en tu ciudad
que siempre fue tu casa].
Decidí caminar contigo
para que no sintieras que ya estabas muerto.
Dime, ¿adónde traías el rostro de mi madre,
muerto errante?
¿Adónde las canciones que sé le cantaste
y se fueron por ti,
junto con su aliento?
IV
Blanco (1).
Blanco.
Así adjetivé tu tez en mi infancia.
Pero lo ajado de la muerte
se te vino encima
el día de tu funeral.
El gris oxford de mi graduación
era el mismo de tu último ajuar.
Y te veías tan distinto...
Blanco (2).
¡Mira la nube, papá!
Yo columpiada por ti
sentía que podría llegar muy lejos.
Mala suerte en mi virtud de fémina congruente:
legaste toda tu belleza
y la hermosura de mi madre
a la primera hija
que el amor ideal les dio.
Yo fui la cuarta.
Yo recogí los trozos
de una suprainteligencia
que los desgarraba de su mundo idílico
para siempre.
Blanco (3).
Brillabas.
No dijiste nada.
Como la estrella muerta de un poeta que no cree en dios.
El rostro me duele.
Báñame con tu luz de muerto,
anima mi soledad con la tuya.
Y no hablemos del amor,
que para eso no necesitas dejar de existir.
V
Negro (1).
Nunca conocí tu pelo escaso en espiral
cuando estaba más cercano al negro
que al blanco de tus días finales.
Astro abandonado siempre
a la voluptuosidad de Venus
hacías de otros ojos
más pequeños
-como los míos;
más curiosos
-como los míos,
eternos asteroides buscando luz propia.
Le dí la vuelta alrededor de tu sentido del humor.
Me quemé con tu sarcasmo.
Mi brazo izquierdo quedó marcado para siempre.
Negro (2).
Nadie te vio bajar en la profundidad de la tierra.
Tu madre te abandonó.
Abandónate, hijo, en el perdón,
clamó ella el día de tu muerte.
Tú elegiste el viento.
Zacatecas se nubla cada treinta de enero.
¿Adónde fue tu huella, hombre?
Yo guardo mi porción del armazón de tus lentes
en los míos.
Y en las cubas libres y los golpes al cigarro,
en las colillas
y en ese desenfado a todo lo que indique
un compromiso casi nupcial.
¿Adónde fue tu huella, hombre?
Acaso se adentró
en la espesura de la cortina negra
incrustada en la frente de mi madre
y por eso te sueña, intranquila,
en la profundidad de la noche.
Nadie te vio bajar a la tierra.
No era de suponerse que bajaras:
toda tu vida fue un constante girar y girar.
Te veo a ti al tocar tus acetatos.
Negro (3).
Ignoro si los libros de literatura rusa
fueron adquiridos
en tu juventud ambivalente
para mi nombre futuro.
Intocable e inasible
es el patrimonio legado para mis días maduros.
Igual que el apellido de tu padre
que también es el mío,
o como ese cansancio exquisito
a la vuelta de tu esquina recurrida.
Entre tú y yo no hubo puente,
tanto amor y no pudimos construir
un camino.
Una nota musical
es lo que más nos acerca.
La tecla negra del piano distante
ahogado en las entrañas de un mar con útero seco.
Negro (4)
No quiero pensarte
en el exilio de la noche.
Me aferro a que partiste
con la luz de las tres de la tarde
-dramático hombre,
siempre emulando a otras deidades humanas-.
Ahí, en la luz de aquella estrella diosa y muerta
seguramente estarás brindando.
Bohemio contable.
Te sigues robando la luz de Alguien
para dársela a los tristes.
Tus enemigos nunca perdonarán
el heroico acto
de la repartición de la luz terrestre
(mientras pudiste hacerlo).
VI
Cuéntame, muchacho,
qué esperarías de la vida.
Puedo construirte
un universo paralelo
donde juegues con mamá
y dejes de llamarla en silencio
simplemente Sarah.
Puedo vender mis pertenencias
-aire, inteligencia, la autocrítica que te exaspera-
para darte una casita
donde corras hasta liberar el rencor
que agarraste de tu primera matria,
Tan frágil eras,
tan frágil me llamabas,
tan frágil te veías asiéndome la mano al pasear.
Fragilidad empacada en todas las cajas
que desde niña fui recolectando mientras seguí tu sombra.
Hemos sido tantos nombres,
que yo quiero jugar otro intento
y así regalarte otra vida
por la mitad que a mí me toca.
Dime, niño mío,
qué esperarías de la vida.
Yo por ti
y por la morena que desnudó tu frente
soy capaz de borrar calles enteras
trazar ciudades
o tragarme al mundo
que te rompió la virtud.
VII
Rompe tu cajita de viento, niño.
Mira cómo emerge la escalera del viejo Dante.
Corre en la escalera de tus ojos delante.
Corre en la escalera de tus ojos.
Corre en la escalera.
Corre, niño.
Dulces como alforjas llueven.
Recógelas.
Cómelas.
Guárdalas.
Herédamelas todas.
VIII
-No tengo luz.
-Yo abriré los ojos por ti, padre.
Sesgaré la sinuosidad
para que el miedo no te tumbe,
blanco.
-No tengo nombre.
-Yo inventaré uno para ti, niño.
Lo colocaré en la punta del cielo más visible
donde no lo puedas volver a perder.
-No tengo forma.
-La emitiremos juntos
con cada canción
que elijas que yo te cante.
-No tengo voz...
-Entonces, yo cantaré en tu lugar.
IX
-No tengo oración.
-Yo tampoco la tengo, padre.
Por eso te he escrito todo esto.
Para que descanses en paz
y te lleves las nueve flechas de tu ausencia
en el bolso que transforma
la amargura en luz.
-No tengo dios.
-Dios es tantas cosas
pero eso es para cuestionarse en la tierra.
Déjame que yo me preocupe por tí.
Y camina por la vereda de flores ocultas en la noche.
Camina por el lado del sol que nunca duerme.
Camina en la bondad de la fuente de la luz suprema
y no le cuestiones por qué te hizo
ni le digas que yo existo.
Camina en ti y renace
en otra estrella cualquiera.
Cuando te canses de caminar
habrás llegado al punto de la nada.
Ahí descansa y juega.
Ahí sonríe y ya no temas.
Sábete que tienes una cita conmigo.
Llegaré en domingo
dentro de unos cuantos millones de años luz.
domingo, 23 de enero de 2011
Arengo
La escribiré con sangre, con tinta sangre del corazón
(Nuestro Juramento, Benito de Jesús/ Julio Jaramillo).
(Nuestro Juramento, Benito de Jesús/ Julio Jaramillo).
Qué puedo yo arengar,
vida mía:
poesía, aplausos, un beso tibio.
Sin ti, lo melifluo de la retórica exterior
parece una cortina entre la muerte
y este limbo llamado mundo.
Qué puedo yo arengar,
tinta sangre de boleros cansados:
plata, pluma empeñada, discurso a cambio de centavos.
Amor mío,
el tip-tap del teclado
parece un vacío sin fin,
un poema de largo aliento con destino al más allá...
y sin eco de regreso.
Una retahíla de letras pagadas
como salidas de un lupanar olvidado.
Qué puedo yo arengar,
cielo empapelado,
si todo está ya dicho.
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