martes, 7 de septiembre de 2010

A una princesita

Cuántos pasajes he olvidado en mi maleta trendy
sólo para acallar a los adultos.
Dejé a mi morral hará unos días cósmicos,
desde entonces todo ha sido como ver trenes en desbandada.

Hoy te grité,
exageré la voz e irrumpí tu frágil silueta de niña silente
vanidosa
el futuro provechoso por delante.

A tu edad yo era una pobre rana.
Por eso no entiendo de maquillajes a deshoras
ni de príncipes sapos impacientes afuera del salón.

Daría lo que tengo
-papeles, niña, demasiados papeles,
una hora menos un cuarto de inteligencia sin distractores virtuales
y la enciclopedia instalada para momentos de emergencia
que no son como los de los escenarios grises de tu juventud
(ni de la decadente mía)
y que te aseguro no servirá para una maldita gracia-
por regresar el momento
pintarte la uña del índice yo misma
con el esmero de la madre que nunca seré
y el amor que dejo en los baches que siempre olvido
porque estoy muerta y los muertos no tenemos memoria de corto plazo.

Pero el hubiera, decía una abuela que me inventé a falta de una cierta,
es tiempo pendejo.
Yo sólo te invito a volar con la paz de tus días, princesita,
te escapes del escenario que otra inteligencia, más lenta y troglodita,
fabricó y no tienes por qué vivir.

Viaja en los saleros de plástico,
ríete del origen de las cosas y sus caos,
péinate con nubes y tómate una fotografía a diario.
Quédate joven, niña,
no avances
no me escuches
no te amargues.

Sólo dormida en una realidad pacífica y de anís
se pueden alcanzar los estadíos de la fe que yo ya tengo perdidos.

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