lunes, 8 de agosto de 2011

8-8

Ocho-ocho
ábrete, Sol,
envuélvete en azúcar.
Lame el silencio de la Luna,
salgan de sus rayos
los árboles buenos y los dátiles
y las peras y las uvas
y las ciruelas y la dulzura
de ella cantando,
floreciendo,
como lo hace su gemela Tierra.

Que mi gente no vibre del miedo la raíz
que mi gente vuelva a sonreír.
Y la aflicción sea un ave iracunda pero muerta
y el padecimiento y la víctima erosionen
y su polvo desaparezca.
Las mujeres renueven el poder de su seno.
Los hombres alaben al Reino
el poder de sus lenguas.

Descansen en paz todos nuestros muertos:
la cama, su lecho, el ataúd en llamas.
Descansen en paz nuestros pensamientos:
regrese la tranquilidad a las cuerdas de nuestras gargantas.
Alabemos el phi de la bicicleta del tiempo,
mandemos traer los ocho sentidos a este interminable momento:
La raíz de la verdadera vida está aquí,
Oh, Padre Cielo.
Las estrellas dibujan su danza,
Oh Madre Tierra.

Infinito es tu manjar
a la vera de las manos de nosotros,
los microdioses.

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