lunes, 11 de julio de 2011

[Risas pregrabadas]

Estás ensimismado y triste
-no conoces la palabra indignación
por su nombre,
la tocas con tu lengua desde siempre-.
Yo estoy avergonzada
de aquello que darte no he podido:
un mar limpio para echar a nadar tu barco de papel,
un viento suave para peinarte los inventos,
la mirada libre de polución que te invite a soñar tranquilo.

El mundo está como para matar palomas,
lo sé.
Y no sabes cuánto me aterra mi regalo.
Mueren los buenos deseos,
se apagan los ideales humanos.
Y las vidas de seres sensibles
tienen un final digno de Los Simpson.
[Risas pregrabadas desde el otro lado del mundo].

No hay mucho que pueda hacer.
Acaso te diría que mi juventud
la imaginé distinta
y la sigo recordando diferente
por el bien de la memoria.
Que mientras crecía, padecí gastritis aguda
tratando de forjarme algo así
como una cara buena para los previsibles malos tiempos,
una maqueta de repuesto
en caso de que el mundo se desmoronara.
Nada resultó.
No tuve un plan b para casos concretos.

Por eso quise venir a escribirte
que el camino de vuelta a casa parece largo
y yo tal vez no tenga palabras de valor suficiente
para expresarte que siempre estaré contigo:
a todos nos deben una explicación
a tanto miedo. Me incluyo en la lista.

Has callado. Y callarás muchos más días.
Yo callaré contigo
y con todos los que como tú
miran con sus veinte años o menos a cuestas...

Cuando eso suceda,
estaría bien que recordáramos
que es la música
y uno que otro abrazo
en días de guardar el ayuno del amor universal
la única puerta
para darle una guerra
al sinsentido del siglo veintiuno.



Para Alan.

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