Amaneces abrazado a mí
tu sudor entero entregándose
a mis pechos y cintura
y no sé muy bien
si decirte que no requiero más
pues es la dosis divina
que errante, buscaba,
o si lamerte con la humedad de mis dedos
la ternura protectora de tus manos.
En ambos casos
eres ritual de tierra y sexo
y la aplicación de la ley divina
manifestándose plena en un beso etéreo.
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