Me despertó tu rostro/ Algo deben tener tus ojos que me inundan desde el reverso de los míos/ Aquella mañana era la mañana de mi vida/ Nunca el resplandor, nunca la sal en las sábanas, no como aquella sal.
Abrí mi biblia de versos y apareció el buen Éluard/ cantándote, cómplice de mí y de mis pulsiones.
Luego el agua tibia, el perfume cítrico / Este asfalto otra vez.
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