Bendíceme, Señor, con sabiduría de mujer.
A mí, Señor,
que nunca pude serlo y hoy soy
un mar de olas suyas
cada vez que él pronuncia mi nombre
en éter o en sus labios
en cotidiana vida y agotamiento
en la paz y en la dicha
en el agobio y su ternura.
Bendíceme, Señor.
Y luego el silencio lleno de mí
tiernísimo, anhelante
ardiendo para su vida.
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