El día que te conocí
mi lengua anticipó el sabor del placer
de entender la música del aire,
mi cuerpo entendió la danza de las estrellas,
mi alma comprendió el fin de la libertad:
liberarse era pues, acabar en tu marea,
ser un trozo de papel para ser escrito por tu saliva,
un libro que se escribía de a poco
con cada sonido de nuestras gargantas.
Y mi mente anticipó
este melífluo silencio
desde el cual mi mano te escribe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Haz ruido y escríbeme algo! No pasa que tu sonido no se armonice con el mío.