Venderé mi cama vacía
para comprarte la eternidad de estas tres noches,
las bautizadas con el anticipo
del dolor de la belleza perdida
en la efímera felicidad,
a pesar de mi cuerpo fragante
y mi oleaje intacto,
de la mansedumbre de mi nombre
a la hora de esgrimir la huida
hacia el ignoto río de tu fertilidad ajena
a mí.
A pesar de ese pequeño regalo llamado ilusión
tan estúpidamente envuelto
en la sonrisa más blanca
que pude encontrar
mientras intento vestirme para ti
de mujer perfecta.
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