Regálame una palabra dulce.
Hoy el viento azotó mi cabellera
y me he quedado muda de zafiros para acompañar
esto que me rodea:
Soledad, creo que es su nombre.
A cambio, te doy esta noche
en la que los enanos no lloran
y los gigantes están dormidos.
Te regalo mi parcela en el cosmos
y te juro que ya nunca más
volverás a sentirte solitario.
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