Dijiste juncos, y algo anidó en mi alma.
Pronunciaste duraznos, y en algún momento de la noche
la habitación se impregnó con tus palabras.
Me invitaste a probar los frutos de tus ramas
y allá voy, cual Eva aprendiz
dispuesta a ondular el higo que tejes en mi vientre
siempre y cuando
te palpiten en las manos las estrellas refulgentes
salientes del tenedor con el que sujeto mi corazón
para que no salga en desbandada
como ya lo has visto venir.
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