Totalizamos las ondas del mar
entre las paredes de nuestras células.
Hoy las sirenas nos cantan el cuerpo
y son llamados, uno a uno,
los exiliados hijos de la leva,
los propietarios -injustamente-
de la parcela del siglo de los losers,
los beatificados caballeros de la mesa heptagonal.
No cantamos glorias,
la gloria nos canta a nosotros.
Lo hace por gusto y nada más.
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