Preguntaste que qué hacía y yo de tonta lancé mis mejores palabras
para que no te dieras cuenta
que me urgía tener un amigo a eso de la una de la mañana;
uno lo suficientemente listo como para no ver
lo inmensamente, valerosamente, desperdiciadamente
ñoña soy.
Luego, al ver esos ladrillos bien puestos
recurrí a la soledad de mi infancia-adolescencia-primera juventud
y vísperas de la treintena.
Fue mejor así.
Los engaños duelen en los dedos a la hora de escribir.
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