Alibabá y los treinta y nueve ladrones
-el que cerraba en los cuarenta
recién murió de influenza sideral,
digamos que se lo cargó el Tiempo-
se muestran urgidos por ver danzar
las caderas de Poiesis.
No será, sino hasta que yo cante los buenos días:
He aquí que la mujer es mía
y me baila porque soy suya y nada más.
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